Educar y aprender en la biología del amor*

¿Qué es educar?
¿Qué es aprender?
¿Cuál es la misión de la escuela?

Cuando dos científicos chilenos desarrollaron el concepto de  “autopoieses” como la condición necesaria para que un sistema sea considerado vivo, les costaba imaginar el alcance de esta palabra. Desde esta perspectiva, las reflexiones de Maturana y Varela se pueden trasladar a diversas dimensiones de lo social y desde ahí abordar lo que sucede para el desarrollo legítimo del ser humano.

Entonces, con este foco la tarea educativa implica una coherencia en la convivencia de manera tal que cada ser encuentre su espacio de legitimidad. Es aquí donde la biología del amor emerge como la condición necesaria para la conservación de la humanidad.

Este texto es una invitación a aproximarse al aporte de Humberto Maturana al cambio cultural necesario para hablar de educación, de las escuelas como espacios de convivencia, y el rol de los profesores en la transformación.

 

 

 

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Desde la perspectiva autopoiética, educar es un fenómeno biológico fundamental que envuelve todas las dimensiones del vivir humano, en total integración del cuerpo con el espíritu, recordando que cuando ésto no ocurre se produce alienación y pérdida del sentido social e individual en el vivir (Maturana e Nisis 1997). Educar es enriquecer la capacidad de acción y de reflexión del ser aprendiz; es desarrollarse en comunión con otros seres. Desarrollarse en la biología del amor que nos muestra que “el ser vivo es una unidad dinámica del SER y del HACER” (Maturana y Nisis 1997:47). Así, la educación es, para esos autores, un proceso de transformación en la convivencia, donde el aprendiz se transforma junto con los profesores y con los demás compañeros con los cuales convive en su espacio educacional, tanto en lo que se refiere a las transformaciones en la dimensión explícita o consciente, como en la dimensión implícita o inconsciente.

Es a partir de la convivencia que las dimensiones del SER y del HACER se van moldeando mutuamente, junto con el emocionar y, a cada momento, influyen en las acciones, los comportamientos y las conductas de los aprendices. Son la emociones, según Maturana (1999), que moldean el operar de la inteligencia y abren y cierran los caminos para posibles consensos a ser establecidos en nuestra vida cotidiana. El ejemplifica, diciendo que la envidia, el miedo, la ambición y la competición restringen la conducta inteligente porque estrechan la visión y la atención. Para él, solamente el amor amplía la visión en la aceptación de sí mismo y del otro, a partir de las condiciones en que se vive y expanden las posibilidades de un operar mas inteligente.

Es en el proceso de transformación en la convivencia que el ser humano se conserva, o no, en su humanidad. Lo mismo ocurre durante el proceso educacional, donde nos transformamos espontáneamente, congruentes con la transformación del otro en el espacio de convivencia. Lo que nos hace humano, según este punto de vista, es nuestro vivir como seres “linguajantes” , cooperativos y amorosos, con conciencia de sí mismo y con conciencia social, en el respeto por sí mismo y por los otros. Para Maturana y Nisis (1997), nuestra humanidad no estaría asociada solamente a nuestra dimensión constitucional, sino también a nuestra manera de vivir/convivir. Es esto que determinaría, en gran parte, nuestro caminar presente y futuro. Por esta razón, Maturana (1999) comprende que la educación es un proceso de transformación en la convivencia, a través del cual el ser que aprende se conserva en su humanidad o se pierde en el devenir de la historia, a partir de su formación.

Bajo la mirada autopoiética, el aprender implica transformarse en coherencia con el emocionar. Resulta de una historia de interacciones recurrentes, donde dos o más sistemas interactuan. Sabemos que un individuo aprendió algo cuando percibe que su conducta es otra, cambió con el mundo al crear uno proprio para sí y, al mismo tiempo, mantiene su organización.

 

Es únicamente a través de la biología del amor, mediante la cual aceptamos la legitimidad del otro, que la tarea educativa deba realizarse y como tal, dar prioridad a la formación del SER, teniendo como foco principal una mayor atención a su HACER. Así, la educación debería corregir más el HACER y no directamente el SER, convidando al aprendiz siempre que sea posible, a la reflexión, para que él pueda desarrollar su autonomía, su creatividad y su espíritu crítico. Al proceder así, estaríamos abriendo un espacio sin fronteras y acogiendo al ser que aprende en su legitimidad.

Al corregir al SER, al decir como el individuo debería SER o DEJAR DE SER, estaríamos, según Maturana (1999), negando al otro, destruyendo la aceptación de sí mismo y disminuyendo su auto-estima. Al negar al otro, al minar su auto-estima y el respeto que tiene de sí mismo, al desvalorizar su conducta, sus comportamientos y realizaciones, con críticas, control continuo, desconfianzas y exigencias ciegas, restringimos su inteligencia a partir de nuestra falta de sensibilidad y de inteligencia en el operar en nuestro vivir/convivir. El alumno siendo creado en un ambiente de negación, de destrucción, podrá, en su fase adulta, presentar mayores dificultades para vivir en la biología del amor y en la intimidad básica, aspectos fundamentales para una convivencia social y familiar más saludable. Es viviendo/conviviendo en la biología del amor el individuo desarrolla el respeto a sí mismo y a los demás, además de una mayor conciencia social. Es a través del amor, de la aceptación del otro, que se amplía el desarrollo de las inteligencias y la expansión del pensamiento. Para que el espacio educacional sea un espacio de ampliación de las inteligencias, del pensamiento y de la creatividad se recomienda que se haga una evaluación de su HACER, ya que este implica el SER. Esto, de cierta forma, nos indica que el espacio educacional debe ser acogedor, amoroso y no competitivo, un ambiente donde se evalúa y se corrige el HACER, en continuo dialogo con el SER. Al corregir el HACER, estaremos, indirectamente, modificando también el SER, a partir de la dinámica estructural existente entre esas dos dimensiones, ya que el aprendiz es un ser vivo y constituye una unidad dinámica relacional entre el SER y el HACER (Maturana 1999).

De esta forma, la tarea escolar, bajo el punto de vista autopoiético, “es crear las condiciones que lleven al aprendiz a ampliar su capacidad de acción y reflexión en el mundo en que vive, de modo a contribuir para su conservación y transformación de manera responsable, en coherencia con la comunidad y el entorno natural al que pertenece” (Maturana y Nisis 1997:18). Por tanto, los ambientes educacionales deben constituirse en espacios de acción y reflexión, ambas fundamentadas en la emoción, recordando que la reflexión se constituye también en un acto de desapego al admitir que aquello que pensamos, deseamos, opinamos, analizamos y hacemos puede ser pensado, analizado, observado, refutado o construido de diferentes maneras, a partir de un análisis más reflexivo (Maturana y Nisis 1997). Es importante recordar que, a través del enfoque reflexivo en la práctica pedagógica, mudamos estructuralmente en nuestra corporalidad, según el curso de nuestras emociones, de nuestros pensamientos y de los contenidos conversacionales desarrollados en nuestras reflexiones. Así, los procesos de comunicación se van estableciendo, conformando los diferentes dominios de nuestra coexistencia. Y todas esas transformaciones estructurales, según ese autor (ibid.), dependen de nuestros valores, deseos y aspiraciones.

Cabe, por tanto, a los profesores preparar el espacio escolar o los ambientes de aprendizaje como espacios de acción/reflexión y de convivencia que posibilite el HACER y el CONVIVIR, para que alumnos y profesores puedan VENIR A SER, a partir de una educación fundada en la biología del amor y como tal “en el encanto del ver, del oír, del

oler, del tocar y del reflexionar, descubriendo lo que hay en cada mirada que abarca su entorno y lo sitúa de manera adecuada” (Maturana y Nisis 1997:22).

Así, coherente con su propuesta, Maturana (1999) señala que no debemos “enseñar valores”, sino vivirlos desde la biología del amor, cultivarlos en nuestra corporalidad, a partir del respeto a sí mismo que surge en vivir/convivir en respeto mutuo. De la misma forma, no deberíamos preocuparnos en desarrollar individuos útiles a su comunidad, individuos responsables y preparados para el futuro del trabajo, ya que esos aspectos deberían resultar, naturalmente, de su propia formación. Esto es importante y merece una reflexión más profunda de cada uno de nosotros.

De acuerdo con esa teoría, compete a los docentes crear las condiciones operacionales necesarias para que los aprendices fluyan en la biología del amor, se eduquen mutuamente, acepten su corporalidad, pues, para Maturana y Nisis (1997:50), “negar el cuerpo es negar el alma y el contacto con el alma del otro, es contacto con el cuerpo, mismo que este parezca ser abstracto”. Por tanto, es necesario una convivencia armoniosa e saludable, capaz de ampliar o mudar su capacidad de acción y reflexión de manera que él pueda tomar conciencia de su emocionar, sin perder el respeto por sí mismo y por los demás. Sin la aceptación y el respeto por sí mismo, es imposible aceptar y respetar al otro y sin aceptar al otro en su legítimo otro en la convivencia, no hay convivencia social.

Para Maturana (1997:31), “un niño que no se acepta o no se respeta no tiene espacio de reflexión porque está en la continua negación de sí mismo y en la búsqueda ansiosa de lo que no es ni puede ser”. Inspirada en esta teoría y pensando en los niños cabe, entonces, algunas preguntas: ¿Cómo puedo respetarme si soy castigada al equivocarme? ¿Cómo puedo respetarme si el valor de lo que yo hago está siendo medido por la referencia de lo que hace el otro en competición conmigo? ¿Cómo puedo respetarme si lo que hago no es evaluado con la seriedad, compromiso y responsabilidad con que realizo lo que hago?

Estas deben ser algunas de las preocupaciones de la acción docente bajo el punto de vista autopoiético, indicándonos que la tarea docente es la formación humana de los aprendices, donde los contenidos son apenas vehículos relacionales para su consecución. Lo más importante es que la educación sea capaz de crear condiciones que permitan a cada uno ser ciudadano/a serio, responsable y, sobre todo, feliz.

Podemos, entonces, observar que, para esta teoría, educar no es un acto transmitivo, sino creativo, constructivo y transformador como nos afirma De la Torre (1998). Esto requiere un modelo de formación integral que nos lleva a sentirpensar•, ya que la razón está fundamentada en la emoción, y ambas están intrínsecamente implicadas.

De esta forma, creemos que una nueva propuesta educativa debe ir más allá de una propuesta reflexiva orientada para la acción–reflexión, debiendo también incluir la dimensión que involucra el corazón, el sentipensamiento citado por De la Torre (1998). Es la integración entre el sentir y el pensar que permitirá al profesor educar visando la restauración de la entereza en el sentido de colaborar para la construcción del ser

• expresión utilizada por el Prof. Dr. Saturnino de la Torre, de la Universidad de Barcelona, en conferencia realizada en Santiago de Chile, en marzo de 1999.

humano como templo de la entereza, donde pensamiento, emociones y sentimientos están en constante diálogo. El ser que se presenta por entero es bello, es justo, es saludable y es sagrado. Educar para sentirpensar es educar en el camino del amor, de la entereza y de la sabiduría, recordando que la sabiduría nace en el corazón, pues ella es envolvente, seductora, cálida al traer consigo las dimensiones del corazón, del cerebro y del espíritu. Sabiduría comprendida como capacidad de percepción y conocimiento de lo que ocurre a nuestro alrededor, como capacidad de comprender la verdad superior y de expresarse de manera compasiva, amorosa y generosa. Es la sabiduría comprendida como combinación de conocimientos intuitivos e intelectuales, como capacidad que nos permite discriminar lo que es importante en la vida, cuando debemos o no actuar y donde debemos concentrar nuestras atenciones o tentar olvidarse de algo.

Educar para sentipensar es educar al otro en la justicia y en la solidaridad. Es formar en la unicidad; es educar en la biología del amor, reconociendo que la emoción es la base de la razón, como nos afirma Maturana (1999) y que el amor es la terapia del universo, la primera medicina delante de cualquier enfermedad o desesperanza, independiente de la edad, región o país. Una vida sin amor no tiene brillo, belleza y mucho menos entusiasmo y alegría de vivir. Una vida sin amor no tiene significado ni sentido y la vida pierde su encanto, su colorido y belleza cuando no nos sentimos acogidos con ternura y aceptación por aquellos a quienes amamos.

Educar para sentipensar es educar, no solamente para el desarrollo de las inteligencias y del pensamiento, sino sobre todo para el primoramiento del “corazón”, para la evolución de la conciencia y del espíritu. Es educar sin reprimir o negar la experiencia de la comunión, la experiencia del corazón, la experiencia del espíritu y la experiencia de lo sagrado, reprimidos durante siglos en nombre de algo que en el mundo moderno denominamos ciencia.

Creemos que educar para el sentirpensar es lo que ayudará a rehacer la alianza entre lo racional y la naturaleza sintética de la inteligencia intuitiva, contemplativa y convergente de la parte derecha del cerebro, al mismo tiempo en que colaborara para el desarrollo del pensamiento ínter y transdisciplinario. Es ayudar a religar la sensación a la intuición, el sentimiento al pensamiento, el intelecto al espíritu, favoreciendo, así, la evolución del pensamiento, de las inteligencias y de la conciencia de una manera siempre recursiva y estructuralmente acoplada e interdependiente.

Es el sentirpensar que producirá la práctica de la integralidad y de la integridad, del escuchar inclusive y del énfasis en cuidar el SER, a partir de un HACER más coherente con el pensamiento y el sentimiento. Es a través del sentirpensar que estaremos desarrollando las competencias necesarias y la formación en torno a una antropología holística, cada día más necesaria. Educar para la formación del ser integral es ayudar al individuo a encontrar su centro, a descubrir la virtud que, según Buda, está en el centro (Crema 1997). Educar, bajo el punto de vista holístico, es la forma de nosotros los educadores hacer justicia a la totalidad de lo que nosotros somos, recordando que necesitamos más que nunca, conspirar a favor de la entereza humana para que podamos ser felices en nuestra humanidad.

Publicado en Ed.edu 

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